Turquesa y rosa.

Su energía me atraía.

Era particular, misteriosa, oscura, sarcástica.

Su sarcasmo me llevo a conectar con su sonrisa.

No hablábamos mucho, pero la energía se sentía.

La recuerdo ese día, detrás de la barra, con su vestido negro, incliné la cabeza con la esperanza de poder apreciarla desde otra perspectiva, se le acercó un hombre. Ese día despertó mi interés.

Acercarse a ella era fácil, tenía hospitalidad en su manera de estar en los espacios, de pronto debido a su trabajo, porque su importaculismo expresado por cada uno de sus gestos era mi otra fascinación.

Recuerdo haber compartido un cigarrillo con ella.
Fue nuestro único momento de intimidad.

Nunca olvidaré las palabras que me dijo esa noche en medio de tantos bares y tantos jóvenes en búsqueda de diversión, mientras ambos reposábamos sobre un andén viendo la gente pasar.

Me hizo sentir ser uno con ella.

Cigarrillos orgánicos y un Bagel de desayuno.

Quien podría creer o imaginar que ir a desayunar a una cafetería a unos cuantos metros del mar, podría ser una cita de amor.

Pues así me pasó.

Yo creo que los aguacates en mi bagel fueron los que le llamaron la atención.

Pero fui yo quién se fijó primero, o eso creo.

Esos ojos verdes y grandes, esa simetría en su rostro, de donde habrá salido, pensaba yo.

Animado por el calor de la costa, mi americano y la tocineta, la gente con poca ropa y la arena en el viento, después de un par de miradas sin retorno, le hablé.

Ella miró mi aguacate, y después mis ojos. Anoten ese truco.

Como a quién le dan una única oportunidad me atreví y le dije hola en inglés. Ella estaba con otra chica charlando. No pude adivinar de donde parecían.

Practicando mi inglés, me dio su hermoso nombre, su lugar de origen y otros detalles.

A mi solo me quedaban 4 horas en ese pedazo de tierra atlántica.

Que otra decisión sabia podía tomar que no fuera esa?

Por supuesto que me fui a esconder con ellas a una remota cala de la cual tengo fotos.

Se armaron sus cigarros y nos fuimos.

Sin importarme mucho mi obligatorio retorno, me quedé en medio de ellas, mirando al cielo, escuchándolas cantar en hebreo, canciones de sirenas.

Que más podía pedir, sentí que me dijo Dios en ese momento.

Su piel trigueña, su estilo, su corte de cabello corto, me hizo sentir energía corriendo dentro de mí.

Como olvidar la emoción de acercarme a sus labios.

No fue un acercamiento desenfrenado. Más bien, platónico. Idealizado.

Por eso fue como con cierta estima, respeto, puede que hasta veneración y chispa.

Ojalá hubiera podido quedarme más. Ese momento lo alargue hasta donde me daban mis posibilidades.

Termine de ahí en adelante, llenando todos los buses, aviones, terminales y aeropuertos, de la arena blanca que compartí con ella por no haber tenido tiempo ni de sacudírmela.

Judías reglas.

En el amor todo se vale.

Hasta revolcarse en pleno jardín de un templo en los rincones de Madrid.

Eso, mejor de lo que podía imaginármelo días atrás, en mi profunda y melancólica soledad.

Conocerla a ella fue un deleite. Como lo son las papas bravas, el vino y como dejarlo por fuera, el torrezno con pimentones dulces.

¡Que experiencia al paladar!

¡Pero que experiencia al corazón! su apretón militar de manos.

Tan femenina con su falda y tan firme con sus botas como si las trajera de la segunda guerra mundial.

La mirada de ella me desorientaba por completo. No recuerdo que alguien me haya mirado con semejante fascinación en mi vida entera.

Llegaba a dudar incluso. Pero su autenticidad no me lo permitía.

Era cierto, estaba feliz y yo con ella.

Corríamos por las plazas, los músicos, los parques y los callejones.

Nos apresurábamos para llegar antes que el sol se ocultara donde sin anticiparlo, sería nuestro lecho conyugal.

Más de 1.000 personas viendo el atardecer esconderse al fondo del Mar Atlántico.

Nos quedamos hasta tarde, alargando lo inevitable.

Nos fuimos a descansar, desayunamos…

Recuerdo que lo último que vi de ella, fue un rayo de luz que pintaba su ojo izquierdo mientras me veía montarme al carro.

Ese mismo rayo de luz, que ya subido en el carro, a media ventana, me daba en el ojo derecho.

Unas cuantas sonrisas.

Ahí estaba yo.

Sentado en medio de 12 países.

Frente a mí, ella.

¡eine schöne Frau!

La seriedad de su nación no le pertenecía.

Con sus ojos, sus cejas y su sonrisa, me miraba directo.

Desarmado total.

Su pecho, ni hablar.

De esos que no pasan desapercibidos.

Sentada al lado mío. Compartíamos miradas, energía, sonrisas.

Hace unos segundos, distantes.

Después, juntos, en medio de una ciudad gigante y auténtica.

Balcánica

Subí a la terraza del hostal y estaba ella con un amigo.

A ella no le preste la más mínima atención. o eso quería creer.

Vaya como cambian las cosas.

No olvidaré ese roce..

No debí ponerme detrás de ella.

Inmediatamente ella lo sintió.

En los balcones, muchos fumadores jóvenes.

Mientras yo buscaba la manera de escondernos dentro.

Encontré una puerta que nos posicionó al lado de una maquina dispensadora no se de que.

El hecho fue que nos consumimos.

Esa misma madrugada, como olvidar su silueta desnuda en el espejo.

Las curvas de sus cabellos me tenían mareado.

Cuando la luna la iluminó, siendo mi cómplice, sonreí.

Esa noche no pude dormir.

Su piel era demasiado suave para mi.

Mis manos reposaron sobre ella, sabiendo que era la última vez.

Solo recuerdo mi lenta respiración junto a ella mientras dormía.

Necesidad de control

Últimamente estoy fluyendo.

Que quiere decir fluir.

Fluir quiere decir, si pasa bien, si no, también.

Entonces qué hacía antes?

Antes, exageraba, apretaba, empujaba, presionaba y forzaba a que las cosas sucedieran, así estos verbos aplicados fueran hacia mi o hacía los demás.

Se siente paz y tranquilidad al proponer un plan y soltar la respuesta.

Proponer una conexión, un vínculo, un café, un negocio, y no controlar o proyectar la expectativa en la respuesta del otro.

Yo pienso que ahorcamos cuellos porque llegamos a tener una necesidad de control insaciable.

El problema es que, si no identificamos esto, terminaremos por debajo de las olas.

¿Es Hora de Aceptar la Soledad? Reflexiones Nocturnas

¿Es esta la hora y el momento para pensar en la soledad, el aburrimiento, en la falta de aceptación quizás de la realidad?

Son las 10.41 de la noche un sábado. Pero no es un sábado cualquiera, nono no.

Es como el sexto ya, y quizás el octavo, en el cual sigo estando en mi casa solo, sin tener a quien acudir, aunque sí, estoy rodeado de mi gata hermosa y mi gran familia, mi alma me ruega no una noche de juerga, pero sí de sexo, de caricias, de vino, de pasión.

Si estoy lleno de vitalidad, tensión y atracción sexual, y más al ver como la despierto por mi brillante y lozana juventud, ¿cómo podré quejarme de lo que mi cuerpo me pide, mi mente, mis venas, mis entrañas?

Por más naturaleza y yoga, buena respiración y técnicas milenarias contra los sentimientos incomodos, el sentirse solo y el autocuidado, sigo percibiendo en mí una ruptura de lazos entre lo que deseo y lo que soy.

¿Cuándo podrá esto acabarse? No me malinterpreten. No en términos suicidas, más bien en términos de sentirme uno con mis deseos, y dejar de verlos frustrados.

¿Estaré pidiendo mucho? ¿o mis anhelos a mí?

Reflexiones sobre Impulsos y Rendición

¿Como es y a que sabe?

Sabe a comidas utra saturadas, a papitas de bolsa y chocolates por impulso.

Sabe a impaciencia, a querer soltarlo todo, a rendición.

Sabe a ser grosero, a dejar de ser el humano ejemplar que llevo tanto tiempo siendo.

Bueno en las finanzas, bueno en el trato a los demás, bueno con Dios, bueno ante mis amigos, bueno ante mis padres, bueno ante todo.

Manejando todo a la perfección, en el gimnasio, en el trabajo, en las relaciones, con las mujeres,

¿Dónde está mi respiración?

¿Dónde termina mi reputación? Porque lo necesito.

¿O que necesito realmente?

¿Meditar una vez más?