Judías reglas.

En el amor todo se vale.

Hasta revolcarse en pleno jardín de un templo en los rincones de Madrid.

Eso, mejor de lo que podía imaginármelo días atrás, en mi profunda y melancólica soledad.

Conocerla a ella fue un deleite. Como lo son las papas bravas, el vino y como dejarlo por fuera, el torrezno con pimentones dulces.

¡Que experiencia al paladar!

¡Pero que experiencia al corazón! su apretón militar de manos.

Tan femenina con su falda y tan firme con sus botas como si las trajera de la segunda guerra mundial.

La mirada de ella me desorientaba por completo. No recuerdo que alguien me haya mirado con semejante fascinación en mi vida entera.

Llegaba a dudar incluso. Pero su autenticidad no me lo permitía.

Era cierto, estaba feliz y yo con ella.

Corríamos por las plazas, los músicos, los parques y los callejones.

Nos apresurábamos para llegar antes que el sol se ocultara donde sin anticiparlo, sería nuestro lecho conyugal.

Más de 1.000 personas viendo el atardecer esconderse al fondo del Mar Atlántico.

Nos quedamos hasta tarde, alargando lo inevitable.

Nos fuimos a descansar, desayunamos…

Recuerdo que lo último que vi de ella, fue un rayo de luz que pintaba su ojo izquierdo mientras me veía montarme al carro.

Ese mismo rayo de luz, que ya subido en el carro, a media ventana, me daba en el ojo derecho.

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