Quien podría creer o imaginar que ir a desayunar a una cafetería a unos cuantos metros del mar, podría ser una cita de amor.
Pues así me pasó.
Yo creo que los aguacates en mi bagel fueron los que le llamaron la atención.
Pero fui yo quién se fijó primero, o eso creo.
Esos ojos verdes y grandes, esa simetría en su rostro, de donde habrá salido, pensaba yo.
Animado por el calor de la costa, mi americano y la tocineta, la gente con poca ropa y la arena en el viento, después de un par de miradas sin retorno, le hablé.
Ella miró mi aguacate, y después mis ojos. Anoten ese truco.
Como a quién le dan una única oportunidad me atreví y le dije hola en inglés. Ella estaba con otra chica charlando. No pude adivinar de donde parecían.
Practicando mi inglés, me dio su hermoso nombre, su lugar de origen y otros detalles.
A mi solo me quedaban 4 horas en ese pedazo de tierra atlántica.
Que otra decisión sabia podía tomar que no fuera esa?
Por supuesto que me fui a esconder con ellas a una remota cala de la cual tengo fotos.
Se armaron sus cigarros y nos fuimos.
Sin importarme mucho mi obligatorio retorno, me quedé en medio de ellas, mirando al cielo, escuchándolas cantar en hebreo, canciones de sirenas.
Que más podía pedir, sentí que me dijo Dios en ese momento.
Su piel trigueña, su estilo, su corte de cabello corto, me hizo sentir energía corriendo dentro de mí.
Como olvidar la emoción de acercarme a sus labios.
No fue un acercamiento desenfrenado. Más bien, platónico. Idealizado.
Por eso fue como con cierta estima, respeto, puede que hasta veneración y chispa.
Ojalá hubiera podido quedarme más. Ese momento lo alargue hasta donde me daban mis posibilidades.
Termine de ahí en adelante, llenando todos los buses, aviones, terminales y aeropuertos, de la arena blanca que compartí con ella por no haber tenido tiempo ni de sacudírmela.